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martes, 3 de febrero de 2015

SPANISH HISTORY Ñ

Esta redacción la hago por encargo de mi tutor, para que no me suspenda, por entregar el trabajo de "Mi abuelo, las Mama-Chicho y España. Un antes y un después" en referente a la redacción que nos mandó sobre nuestro país y su reflejo en la sociedad.

Soy Danko y soy de Aluche. Esta en Madrid, es un barrio que mola. Tengo 17 años, me llamo así porque mi padre era un flipado de las películas de acción y "Danko calo rojo" era de sus preferidas. Como fue él al registro ese fue el nombre que me tocó.



Las referencias tomadas por mi abuelo fueron válidas, me documentó a la perfección. Como mi profesor considera que es una burla y una ofensa, tengo que repetir la redacción con otro enfoque. La voy a hacer sobre mi hermano mayor, Fénix, que salió hace unos días de la cárcel. Ahí creo que mi padre no hiló muy fino, pues su nombre acabó por hacer que el personaje se apoderase de él, aunque los planes no le solían salir bien ni tenía una furgo negra con una ralla roja.


Mi hermano creció en un barrio más difícil del que viví yo, se buscó la vida arrastrado por las bandas de su zona, en Madrid Sur, un polvorín a finales de los 80. Mi abuelo siempre dice que en aquella época era un nido de rojos y drogatas, y que por la noche no se podía ir por la calle. Fénix creció entre esas bandas y se pasaba todo el día en la calle. Estuvo en dos; una de raperos que pintaba por las paredes y otra de fachas que se dedicaban a liarla. Muy ideológico nunca fue, mi madre siempre ha dicho que sus principios se vuelan con cualquier viento que le refresque.  A veces venía con cosas que no eran suyas, para venderlas, otras veces lo que traía era un ojo morado o la espalda llena de moratones. 



Yo lo recuerdo como un perro callejero hasta que cumplió los 18, a partir de ahí empezó su etapa de buscavidas. Como tiene mucha labia siempre la aprovechó con las mujeres. Su primera novia fue una mujer de cuarenta y tantos años. Le compraba mogollón de ropa, relojes, zapatillas de deporte…; cuando hablaba de ella no era como si fuera una novia. Sacó lo que pudo hasta que el marido los pilló y se llevo la del pulpo.


Luego se fue al sur, a Cádiz, y ahí estuvo viviendo de una mujer en otra hasta que se metió en unos negocios con una chica que era militante de izquierdas y su padre era concejal. De esa si se enamoró, pero era igual que él y la cosa no acabó muy bien. Se dedicaban a vender material de las obras públicas a constructoras, hasta que se les fue de las manos, y los pillaron intentando vender dos toneladas de alquitrán que iban destinados para asfaltar una carretera comarcal. Se las ingenió para escurrir el bulto y la culpa recayó sobre la chica. Tenía una habilidad bestial para pisar charcos y salpicar a los demás. 



Más tarde volvió a Madrid y como se había acostumbrado a llevar la palestina se juntó con unos okupas en el barrio de Lavapiés. En poco tiempo empezó a trapichear otra vez, tanto que los okupas acabaron por echarle a patadas del grupo. "Demasiado dinero sin compartir" me decía él. Ahí se relajó un poco y estuvo más en casa. Mi madre encantada porque su Fénix estaba con nosotros. Y tanto, medio barrio de Lavapiés lo estaba buscando para machacarlo, había timado a todo tío viviente con una rasta en la cabeza.
Fueron unos meses hasta que de nuevo volvió a volar. Al final se quedó aquí, se hizo con la casa de una vieja que se murió y se las arregló para dejársela en herencia. No perdía el tiempo, solo se la tuvo que tragar unos meses antes de su muerte y ahí que heredó...


Para mí fue cuando se convirtió en mi héroe, un auténtico pedestal. No había estudiado por empezar a trabajar al morir mi padre, por ayudar en casa, y al final ni trabajo ni ayuda; solo consiguió falsificar unos documentos cuando falleció mi padre haciendo como si la causa fuera por el aceite de colza, que fue por lo que murió el hermano de mi padre. Intentó cobrar una indemnización que nunca llegó y al final se convirtió en la excusa para cuando mi madre se enfadaba. Hasta en eso me alucinaba. Era como la hablaba, conseguía embaucarla hasta que se sentía culpable por no haber hecho nada en realidad. Después volvía a las andadas y hasta más ver.


Me hizo creer como un padre nuestro que la inteligencia y el esfuerzo era perder el tiempo comparado con ser un listo. Me sentía aburrido y estúpido yendo a clase todos los días mientras mi hermano se levantaba a la una de la tarde, se liaba a hablar por teléfono y a las diez de la noche tenía dinero en los bolsillos. Increíble. 



El “petardazo” no tardo mucho en llegarle. El destino fue el que se encargó de enlazar, como siempre dijo mi madre, el hambre con las ganas de comer. Un bala perdida de sus amigos andaba metido en líos muy gordos con un grupo de polacos; necesitaban una gran cantidad de oro para llevar a su país y, casualidades de la vida, mi hermano Fénix llevaba unos meses tonteando con una gitana que su padre tenía un local de Compro Oro. La pobre cayó rendida a sus pies y en cuestión de semanas le pegaron un palo al padre que todavía siguen preguntando por Fénix en el barrio. Arrasaron con todo; apañó con la banda y de esa mi hermano se llevó mucha pasta, a la gitana y un destierro del barrio de por vida. Por su culpa nos rompieron los cristales de la casa varias veces, menos mal que al final se cansaron.


Esa fue la última vez que le vimos antes de salir de la cárcel. Una mañana sonó el teléfono en casa, lo cogí yo, y me dijo que le pasara con mi madre. Después de 5 minutos de conversación con mi madre llorando me contó que lo habían cogido por robo y que estaba en los calabozos de Plaza Castilla. Intentó en vano usar a mi madre de coartada pero le habían pillado bien. El juicio fue muy rápido y tuvimos que pagar un abogado que literalmente nos arruinó pues toda la pasta del oro se la había pulido.


Cuando vi a mi madre destrozada fue cuando pensé por primera vez que mi hermano la estaba cagando con todo el equipo, mi devoción por él no me dejaba ver la realidad. Yo para entonces discutía a diario con mi madre para dejar de estudiar y abrirme camino en el mundo, quería seguir sus pasos y vivir la vida. La vida que a costa nuestra él pudo vivir. 



Solo fui a la cárcel una vez durante los cuatro años que estuvo preso, en Alcalá Meco, y fue al mes del ingreso. Aquella imagen me impactó, todo lo que supe extraer de aquello fue que o lo hacía mejor que mi hermano o me acabarían jodiendo vivo. Tuvo mucha suerte. Le cayeron cuatro años y pico cuanto tenían que haber sido más. El único testigo que pudo culparle murió y, tras chivarse de los demás, le redujeron la pena. Fue otra de sus jugadas maestras pero esta última le iba a hacer pagar todo lo que antes se libró.


El mundo es un pañuelo y entre rejas ese pañuelo va lleno de mocos...



Había más de un pieza, con músculos hasta en las orejas, pasando un tiempo a la sombra por la gracia y obra del gran Fénix. Mi hermano había pasado de hacer la peineta y salir corriendo a estamparse contra un muro. Tuvo que aprender de nuevo a existir. Toda su palabrería, su chulería y su habilidad para esquivar se quedaron en humo con las palizas, violaciones y demás putadas que su nueva casa le ofreció sin pedirlo. Buscó protección una vez entendió que hinchar el pecho le hacía un blanco fácil y, aun así, no captó demasiado pronto que la filosofía Fénix era contradictoria para sobrevivir ahí dentro.


Su realidad, una doctora de la prisión a la que acostumbró a visitar malherido; su perdición, un carácter mas cara dura que el suyo propio. Sufrió una gran dependencia hacia alguien como tantas y tantas veces él utilizó para su beneficio. Ella fue quien le hizo ver. 



Se arrimó a un argelino, que estaba para 3 años por reyerta, y desde entonces fue cuando nos pidió que no fuésemos más a visitarle. Se metió en cocina con el tal Said, para rebajar condena y mejorar en conducta; aunque él no lo sabía su empeño en conquistar a la doctora fue la causa de no acabar con un pinchazo en el costado criando malvas.


"He visto la luz, Danko" fue lo primero que me soltó cuando pudimos hablar a solas. Vi en sus ojos algo que nunca pensé que podría ver, miedo y arrepentimiento. Estaba derrotado, algo como ser libre no había conseguido una pizca de alegría en su cara y solo pude ver un pelele que decía ser mi hermano. El gran Fénix.



El día que salió por fin estuvimos todos juntos en casa, cenando en familia, algo que nunca había visto. Mi tío Alberto trajo una botella de Cardhu para celebrar su libertad, y allí estábamos todos experimentando un momento hasta aquel día desconocido: la sobremesa. Con risas, batallitas y brindis hasta acabar la botella. Cuando el resto estaban con los mofletes bien rojos mi hermano y yo salimos a la terraza a fumar. Me estuvo preguntando por todos los líos y con los que me junto ahora. Casi acabamos discutiendo.


Después de discutir con medio paquete de tabaco a cuestas me dijo que si seguía así acabaría como él. Me empezó a contar todas las putadas de la cárcel y todas las cosas malas que había hecho. Poco a poco el miedo lo fui cogiendo yo. En resumen, la cárcel era lo que había salvado a mi hermano de acabar muy mal. Fue una frenada en seco que él no supo dar, un antes y un después para hacerle volver a la realidad y conseguir, de paso, no hacerme a mi perderla. Yo, desde hacía tiempo, andaba liado con los polacos haciendo trabajillos e insistió muy enfadado que lo dejase, aunque no fuese nada más que vigilar o avisar si venía la policía... era "allanar el camino hacia el grillete" me chillaba una y otra vez. 




Nunca le había visto así, algo había cambiado en él. No podía ni mirar a mi madre a la cara más de dos segundos, y eso era del dolor y la vergüenza que sentía. Según Fénix no podía perdonarse el sufrimiento que nos había causado y el error de haberme empujado a seguir sus pasos. Yo no sabía cómo asimilar este vuelco de principios, siempre tenía en mi cabeza la intención de convertirme en algo por encima de Fénix. En un Súper-Fénix que con media sonrisa sobresaliera del resto del mundo. Es como aprender a respirar y cuando ya estas capacitado para hacerlo por ti mismo, empezar de nuevo…

A día de hoy Fénix se ha buscado un trabajo de vigilante en un parking. Trabaja 16 horas a diario, en turno de noche, por un mísero sueldo. Gracias a mi tío Alberto que pidió un enorme favor tal y como están las cosas hoy en día. Y Fénix, tan agradecido como nunca le vi. Ayer mismo después de llegar a casa me decía que lo prefiere porque con el síndrome del preso no duerme. Que necesita salir de ese agujero con todo su proceso y que no quiere ni pastillas ni nada. 



Yo intenté una última vez animarle a volver a las andadas, en cierta forma me costaba renunciar a ese proyecto tan idealizado de los hermanos mano a mano; sus lágrimas de desesperación fueron las que hicieron en mi reaccionar. Era mi frenada en seco particular. Vi miedo en sus ojos al ver que seguía intentando coger el otro camino, y motivos suficientes tenía. No quería cerrar esa puerta si veía en él un mínimo deseo de seguir adelante. Hubiera sido la hostia. Muy en el fondo tenía un rencor de no haber podido disfrutar todo lo bueno y emocionante que Fénix había vivido, incuso a sabiendas del final. Ese punto de locura en vena, descontrol y adrenalina es una puta droga. Solo recordar el brillo de sus ojos me da envidia.
Al menos a base de unas cuantas hostias bien dadas por la vida, a la fuerza, hemos aprendido todos. Fénix por hacerse adulto de repente, mi madre por aprender por primera vez a confiar en mi hermano y yo por no saltar al vacío...


Supongo que tengo que decir lo que he aprendido, mi conclusión. Bueno, pues la conclusión a la que llego es que todo acto trae consecuencias. La vida es demasiado afilada como para andar dando saltos de ventaja; tarde o temprano acabas por escurrirte y te rebanas el pescuezo.





Fénix solía decir que debería acabar el trabajo con una cita, que siempre hay alguien que lo ha hecho mejor que tú y que si no puedes superarlo róbaselo y aprovéchate. En honor a lo que un día fue creo que va como anillo al dedo usar esta pauta en este trabajo. Para terminar, me quedo con dos citas:


- Trabajar constituye un deber indispensable para el hombre social. Rico o pobre, poderoso o débil, todo ciudadano ocioso es un ladrón.  -Jean Jaques Rousseau-

- La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano.  -Friedrich Nietzsche-


martes, 24 de diciembre de 2013

METRO DE MADRID VUELA... Y SE ESTAMPA.






Recuerdo la primera vez que monté, trayectoria de la línea 5 Carabanchel-Ópera destino Plaza Mayor. No es muy nítido el recuero pues era muy pequeño. Fue como ver un gusano metálico gigante y viejo, de un rojo descascarillado, relleno de personitas.  Se acercó hasta mí parando en seco,  dejando un pequeño abismo entre ambos que, con piernas de niño, parecía un agujero abisal. De la mano de mi madre lo saltaba como si fuera un súper héroe; el disparo de salida era un chasquido seco que activaba las puertas, hermanas de las de Alí Babá, repartidas a lo largo en sus costados. Desaparecían todas a la vez formando un ruido ensordecedor y después de un chillido (suponía que era el gusano) se cerraban todas como guillotinas, anunciando el movimiento. De menos a más iba acelerando hasta que el vaivén del vagón empezaba a componer melodías chirriantes, como si el gusano al escarbar la tierra se dañara... Yo siempre viajaba en el  compartimento del antiguo revisor, un espacio al lado de la salida del vagón con una placa metálica, de forma tubular, semejante a un palco diminuto donde antaño se picaba el billete a los pasajeros. Era un mirador de personas ataviadas con su movimiento acelerado por el progreso de la ciudad. 


Trabajar en distintos lugares se había convertido en posible, cientos y cientos de pasajeros con cierta admiración montaban en esos gusanos surcando el subsuelo de Madrid a toda velocidad. Un proyecto con grandes expectativas creado en una empresa
centenaria; un capricho algo “hipster” para un monarca como Alfonso XIII que veía la capital con aires de expansión allá por el 1919. Pagando un millón de las antiguas pesetas de su propio bolsillo abrió un proyecto en afán de no perder una estructura de transporte que aseguraba futuro. 


Bajo mi humilde visión Madrid se enfrentaba a la siguiente casilla teniendo todo aquello
que necesitaba para crecer, incluida mano de obra a espuertas, con el hándicap de la expansión ciudadana que se iban alejando de La Puerta del Sol. En barriadas que rozaban frontera se apilaban
todas las manos responsables de construir un Madrid al cielo. Y los antepasados de estos gusanos metálicos se iban a encargar de proporcionar la rapidez que se necesitaba. Había que pensar que, para la carrera de progreso en la cual Madrid se coló por actitud el factor más sólido era el tiempo. La plebe, a millares, se
encargaba de trabajar la ciudad y al habitar los antiguos extra radios era la forma perfecta de conectar Madrid. 



Una vez el proyecto vio la luz, comenzó la ascensión en donde la

competición entre ciudad y ciudadanos se solapaban. Y esta empresa luchó contra todos los factores, guerra civil inclusive, para no perder el ministerio de movilidad tan importante conseguido a base de mucho esfuerzo. 



Y creció, vamos que si creció. A finales de los 60 empezaba a ser visible en el horizonte europeo. Con un gran servicio e intentando abastecer la expansión de la ciudad era una empresa en la que fijarse en España, con una reconstrucción y mantenimiento de lo que ya era un queso gruyer bajo las faldas de Madrid, 

 
con muchos kilómetros enramados por todo el subsuelo. Época algo espesa donde el gigante de los gusanos metálicos hincaba la rodilla en su primer golpe real. La situación económica se contagiaba con la que sufría el propio país, subiendo cada dos por tres la tarifa y entrando en un círculo vicioso imposible de atajar. Como no, la intervención del gobierno estaba cantada. 


En plenos años 70 la compañía de Metro entra en déficit, desplegando una ola de deterioro e inseguridad que afectaba a
toda la red. Empezando a dar cobijo a toda la chusma setentera y teniendo en cuenta la situación algo cruda que acababa de dejar la ausencia del gran dictador, no tuvo que alargar mucho más la agonía. En 1978 el sueño de la compañía metropolitana fallece, dejando al gobierno con una infraestructura con 65 kilómetros de vías por reformar. La patata caliente es recogida por el Ministerio de Transportes junto con un consejo de intervención sacado de la manga; siendo los encargados de reflotar una empresa de transportes que de mayor no quería ser servicio público. 


Un año después se dispuso a nacionalizar la empresa, otorgando una custodia compartida al Ayuntamiento y a la diputación Provincial de Madrid, comenzando un punto y aparte en la esencia de Metro.


Siguiendo la estela cronológica, los madrileños empezaron a ser partícipes de un crecimiento demográfico donde cada día se intentaba llegar a más, con las líneas y estaciones en constante desarrollo. La factura del rescate de Metro pasaba a manos del ciudadano por lo tanto había todo un mundo de posibilidades; la carrera por recuperar el mejor sistema de transporte que tenía la ciudad dio el pistoletazo de salida a comienzos de los ochenta.  En junio de 1983 Metro llegaba a los 100 kilómetros de vía; avanzaba en ralentí pero poco a poco iba reestructurando un proyecto de futuro que, llegando a una envergadura importante, 


resultó abrumador para los pioneros de Metro. Con la saca gubernamental consiguieron una línea de crédito fijo que sería bien invertida. Nuevamente, en 1986, se vuelven a intercambiar carteras para esta vez asumir las riendas Comunidad y Ayuntamiento de Madrid, y como Alcaide el Consorcio Regional de Transportes. Una forma cercana de supervisar el proyecto con el fin de no perder una obra faraónica donde se había invertido tanto.


En pocos años se rebautizó como Metro de Madrid, S.A.;  tal como la conocemos hoy, lavando un poco la cara y cogiendo fuerza pues
empezaba la gran expansión. Un despliegue de obra pública, creado por el Consorcio, estaba deseando ver la luz sin mucho pretendiente; esperando abrir la veda a una transformación digna de los años noventa. Tan solo se necesitaba un paga fantas con capacidad de abastecer ese tributo económico tan brutal. Y lo había, el gobierno, repleto del dinero de los contribuyentes esperando un maestro de ceremonias, sin escrúpulos, que tuviera el valor de meter mano en la saca. 


Gracias a un poder peligroso en España, la mayoría absoluta, allá por el año 95 el poder de las gaviotas llegaron en su migración a Metro. El Partido Popular con Metro de Madrid como estandarte electoral dio luz verde a una idea tan descabellada donde las haya: conseguir que cada madrileño tuviese una estación de Metro como mínimo a 600 metros de su casa. Madre mía de mi vida.




Solo espero que no despierte ninguna falla bajo el suelo urbano, si no queremos tener nuestra propia zona cero. Y como si de una plaga de lombrices se tratase, en apenas un año, toda la comunidad de Madrid estaba llena de socavones provocados por una estampida de “tuneladoras”. Día y noche, jodiendo el tráfico y a los vecinos, en un proyecto descabellado que pretendía ser utilizado como baza más fuerte en la carrera electoral que sufrió esta comunidad. Como chiquillos. 


Un sin fin de obra financiada con impuestos, inflando carteras y proyectos culpables de generar una demanda muy concreta, la del ladrillo. Fue interesante ver como barrios antiguos de Madrid seguían sin estación de Metro mientras otros recién urbanizados venían con una a juego, centro comercial incluido. Es consecuencia de pasar la bola a una empresa de gestión, con las narices de los bancos nacionales en su culo para dar "capital", y remodelando con las gaviotas de capataces. Demasiadas voces para un sólo de guitarra. Un desastre bien avenido que perduró hasta casi el año 2000, donde empezó a aflojar. Generando millones y millones de gastos y mantenimiento en una época dorada donde estaba la ciudadanía empachada de ver a Gallardón con las tijeras; posando en la estación nueva con el descampado de fondo. Un tiempo donde recuerdo ver el mayor número de
trabajadores de Metro por los vagones, eran por estadística, vestidos con la camisa de rallas. Hoy día ya se sufren las consecuencias de tanta estación champiñón, abandonadas en urbanizaciones fantasmas. Realmente si dio la impresión de ser una cosa que se fue de madre.


Entonces, para rematar la jugada, tocaba el colofón final. Entre el 2003 y el 2007 se desarrolló la invasión periférica, con sus hordas de tuneladoras desbocadas e insaciables; conectando los extrarradios con Madrid y pidiendo el "voto" entre líneas. Todo un gigante empresarial orgulloso de su expansión que avanzaba junto a una ciudad necesitada de ello. Con ciertos brotes privados que volvían a florecer; Metro de Madrid tenía y tiene esa espinita de lo que un día fue y todavía aspira a conseguir. La bendita privacidad. Por eso Metro sur, Metro Ligero y demás hijos putativos son de índole privada. Es una pequeña esquirla de esperanza, y por qué no, de rebeldía. Convertidos en pequeños trofeos de caza están rifados entre bancos y empresas infectadas (empresas que provienen de militantes de partidos políticos o empresas ligadas con gobierno o ayuntamientos);
a modo de pequeñas inversiones madrileñas con alta rentabilidad perfectas como tributo de lealtad. Un chollo, vamos. Cuando siempre colaboran y se benefician los mismos lo único que transmiten es monopolio.


Y Metro hasta el día de hoy sigue siendo una empresa que adquirió la Comunidad de Madrid de primeras por obligación, y después de tanto tiempo se ha convertido en la subcontrata de una gestión asociada a la cartera que nadie quiere coger. Me imagino esa cartera en el Ayuntamiento, repleta de papeles y con un cartel que dice: <<Incidencias Metro de Madrid>>; saltando de despacho en despacho hasta que acabe en alguna esquina de la sala de fotocopias…

Y a pesar de haber tenido la responsabilidad económica “protegida” en su mayor parte, la idea de no generar beneficios como las empresas privadas se atraganta. En el fondo Metro quiere volver a ser privada y es un estigma que los propios trabajadores siguen arrastrando e introduciendo en las jefaturas y los altos
rangos. Como si fuera tradición de empresa. Por lo contrario, la mayoría de los trabajadores de Metro hacen saber por las esquinas su disgusto por no llegar a ser realmente funcionarios; o más concretamente por sus condiciones. Y dándole otra vuelta más, sin vomitar por favor, sorprendentemente hacen uso de los beneficios (por catalogarlo de alguna forma) del funcionariado haciendo las súper huelgas que acostumbran a hacer, últimamente con más frecuencia,
pasándose por el forro los servicios mínimos. Sin importar el daño que se causa al ciudadano, el mismo ciudadano que cotiza al igual que cualquier trabajador de Metro. El mismo que cobra bastante menos que cualquier trabajador de Metro y con condiciones mucho más inferiores. El mismo que se sacrifica en pagarse los costosos
Abonos mensuales, de los cuales mejor no mentar pues en su última actualización al siglo XXI han hecho “la cagada con mayúsculas”, porque peor desde luego no se ha podido desarrollar, implantar y gestionar. De verdad pésimo. Y por
descontado el mismo que tiene que ver, en muchísimas taquillas, como es atendido de forma déspota y sin educación; con malas caras e indiferencia en muchos casos. Por muy mal pagado que este ese puesto no me parece para nada duro el pasarle toda tu jornada leyendo libros, revistas, apuntes de estudio, o viendo una película por el móvil (verídico); mientras ignoran totalmente todo lo que pase fuera de la mampara. 


Es el nuevo proyecto de Metro de Madrid, de 2013 en adelante, pues parece que a pesar de estar en una situación constante de guerrillas internas con los sindicatos no parecen asimilar la
situación que se está viviendo. Llorando por congelaciones de sueldos cuando la mayoría de las empresas han despedido a granel o han echado el cerrojo.


Hay que ver la realidad. Con servicios descoordinados e inestables, infraestructuras deterioradas, falta de seguridad, y un retraso abusivo de tiempo para esperar cualquier tren, sin criba ni orden dando igual que sea lunes o sábado, con diferencias de 10 a 15 minutos por trayectos, con paradas sin sentido en cada estación, y necesito respirar. Actitud de mafiosos en los registros de billetes, seguridad ciega, impedimentos aleatorios y por capricho como los animales y las bicis, y sobre todo la actitud de indiferencia cara al cliente de sus instalaciones; muy en su pesar una de las características más importantes en la empresa privada, la atención al cliente, es asignatura pendiente y deberían pulir bastante este aspecto siendo su meta la privatización. Y todo este deleite de aptitudes por la friolera de 1´50€ el billete, regalao oiga.


Me reitero, mis disculpas, hay que ver la realidad. Un “Dragon Kan” de semejantes magnitudes con casi 300 kilómetros de vías, abasteciendo el funcionamiento de una gran ciudad, no se puede dejar a probar que tal funcionaría privada, cuando la memoria histórica les vomita encima con el suceso del año 78.


Ya se comprobó el resultado con una cuarta parte de lo que era Metro de Madrid y con unos cuantos millones de pasajeros menos. Para muchos curritos que necesitan de verdad su uso para trabajar, entre los que me incluyo, está suponiendo casi insostenible la situación actual. Cuando toda esta ciudad ha sido testigo de ver el Metro de Madrid en pleno rendimiento,
recorriendo los cimientos de esta urbe con millones de personas usando un servicio impecable, de puntualidad británica, e incentivando el crecimiento de toda la ciudad resulta insultante la gestión que se está realizando. Viendo la responsabilidad que han ido adquiriendo con los años y su crecimiento hace pensar que, primero, no pensaron en cómo mantener tanta estación construida y segundo, no pueden pretender volcar la responsabilidad unos a otros cuando el marrón es colectivo. 


Tendrían que pensar por un momento que sentimiento puede producir, a cualquier ciudadano que sea usuario de Metro, cuando vea que su transporte financiado con impuestos y con el dinero de los billetes tarda doce minutos en llegar,  llega hasta la bandera sin aire acondicionado en pleno verano, llevas diez minutos esperando y no para, o un sinfín de irregularidades varias que intentan camuflar como norma. Por eso escogí el título, como referente de vida. Metro de Madrid vuela, ha volado mucho tiempo y parece que se va estampar. Esperemos que vuelva a alzar el vuelo.




jueves, 14 de noviembre de 2013

AOKIGAHARA, BILLETE DE IDA.




La tierra en su composición crea un combinado equilibrado lleno de armonía, con directrices artísticas creadora de territorios imposibles a la par de hermosos. Lugares de mapa del tesoro, vírgenes de expedición y costumbres solitarias, forjados por el tiempo y la erosión. En su nacer lienzos en blanco con futuro prometedor, y candidato a tener muchas posibilidades. 

Regañados con los núcleos de población y demás situaciones demográficas habitados por esa infección vírica que es el ser humano. Cientos de lugares dignos de inspirar todo tipo de sensaciones esperando al pequeño Indiana Jones que llevamos dentro. Muchos hallados por error, y otros marcados en la historia siendo ella misma la descubridora y haciendo, en ocasiones, personaje principal de lo acontecido. 

Se crean lugares hermosos igualmente que peligrosos, siniestros o en esencia hasta venenosos. Así las gasta la madre naturaleza capaz de esbozar un lago de formas imposibles y de un amarillo tan enérgico, dilatando de hermosura tus pupilas y pudiendo despegar tu piel con solo sumergirte... En este sector de lagos de azufre y demás rarezas, podríamos resaltar con especial hincapié un pequeño terreno perdido en este mundo, el cual logró secuestrar toda mi fascinación por lo inusual. Por aquellos lugares que se burlan de  los parámetros de lo estipulado, riéndose a horcajadas de lo genérico y creando composiciones en la biósfera únicas. 

Primero quisiera hacer referencia a la mayoría de habitantes que pueblan este lugar: los yurei. Por connotación histórica este resquicio da cobijo a un número incalculable de estos.

 En su origen perteneciente a la familia de los espectros pero inscritos como "espíritu débil" (yu-rei) en su clasificación mas poética de la cultura nipona. Son catalogadas con su propia historia y desglosados en varios tipos con cierta esencia haiku... aunque casi comparten leyenda suelen ser almas que no tuvieron buen final en la tierra; por la cobardía de un suicidio o una mala praxis a la hora de celebrar una ceremonia. Se vieron desorientadas en pleno purgatorio, no continuando su viaje y quedando atrapadas en este mundo, sin poder llegar al suyo. Almas maltratadas por la frustración producida, y ajenas a las consecuencias de ello.
Sumado a que estas entidades vaporosas se encuentran superpoblando este lugar lo convierte en un bosque con el bagaje más amargo de vidas nutriendo el sustrato de su extensión. Definiendo platónicamente al bosque de Aokigahara.








Terreno fértil que forjó una erupción del Monte Fuji, en un cabreo que tuvo  entre los años 800 y 1100, esbozando una superficie de 35 kilómetros cuadrados y desmembrando con violencia  el Lago Senoumi;  creando los lagos Saiko y Shojiko  que cobijarían sus fronteras con el fin de crear la postal perfecta. Con base de roca volcánica se definía angosto y de carácter fértil dando asilo a la flora y la fauna desterrando cualquier pincelada de urbanidad. Conforme fue creciendo creó un ecosistema entre pantanoso y selvático dando esa atmósfera espesa y terrorífica alertando a los vivos de lugar maldito. Esta vez sí tuvo papel principal la mano del hombre en su metamorfosis cuando en el siglo XIX, en plena floración del Japón Feudal, sus habitantes abusaron de la costumbre más arraigada; “Ubasute” o como su definición más folclórica afirma “el abandono de niños o ancianos en lugares inhóspitos con el único fin de dejarse morir”. En tiempos de sequía y hambruna se daba este orden 

tiránico acatado religiosamente por sus 
habitantes sacrificando la existencia como pueblo de la forma más salomónica. Como si de un gran ejército nacional se tratase. 
Como buenos agricultores fertilizaron este paraje a base de huesos y lamentos, envenenando cada brote y cada roca del puzle de Aokigahara. Un lugar de acuarela en lienzo reformado en pesadilla y proveedor de un sambenito que acogería, por el resto de los siglos, un espacio bucólico y único para el japonés medio con delirios de suicidio. Albergando millones de almas irritadas aforan cada metro cuadrado del bosque, cual reacción química, desencadenando más muerte. Haciéndolo irrespirable. Y todos esos espectros perdidos en los cánones de sus creencias parecen empujar al aprensivo visitante a alentar esas ganas de terminar con todo.





Sin renombrar  superstición o tradición, es muy significativo que cualquiera recorra sus caminos, crea en lo que crea, se vea embriagado por ese instinto primario que nos hace oler el peligro. De saber sin un por qué la necesidad imperativa de correr sin respirar fuera de ese lugar. En este instante Aokigahara parece transmutarse, y oscurece, tersando sus músculos de piedra y liquen que ahogan la circulación de los caminos repartidos en el bosque. Desorientando la salida e invocando los miedos empadronados en nuestras cabezas.  Respirando la humedad ambiental  que te debilita la cordura para intercalar fotomatones de lo que parecen sueños, con la ayuda de su atmósfera vaporosa que desorienta. Una vegetación disfrazada de Parca.

El propio tiempo es parte responsable; tantos siglos digiriendo muerte, abandono y tristeza, hizo del mar de árboles de Aokigahara un cúmulo de atrocidades importante. Viviendo del boca a boca y tomando una fuerza descomunal. En las culturas asiáticas el suicidio tiene trazos tradicionales y porta una carga de honor significativa, lo que hace de este páramo un cementerio de huesos cubiertos de musgo. Su fama se hizo adulta en la década de los sesenta; un autor japonés, Seicho Matsumoto, publicó una novela en la que se acontecían el suicidio y Aokigahara. Un vasto bofetón recorrió la sociedad japonesa, llegando a todos los oídos estresados en plenos sesenta donde el capitalismo se dejaba ver cada vez más. Fue interpretado como un arraigo de tradición, de la esencia de su carácter.

Esto formó un revuelo cultural que terminó por bautizar este lugar como la morgue de los cobardes. Muchos jóvenes japoneses sin la chispa de la vida tomaron el ritual como idóneo a imitar, suicidándose en el bosque de la forma más onírica. 

Seicho Matsumoto fue un escritor y periodista de la época muy implicado con la sociedad de entonces; autor de numerosas publicaciones de ficción e historia. Un hombre que no supo las consecuencias de situar su historia en el bosque de Aokigahara. No solo dio vida a su leyenda, consiguió ubicar en el mapa un morbo alimentado de tragedia digno de los japoneses más curiosos.

Incido en la turbulencia que supone la cultura japonesa, convulsa desde que inauguraron el siglo veinte, y enfrentada constantemente en mantener en equilibrio la tradición y progreso. Una lucha entre oriente y occidente obligadas a coexistir, con los cambios que ello supone, y aun así un lugar tan destructivo supo como amoldarse a las nuevas eras y no desaparecer del horizonte del monte Fuji. Impidiendo que se corte esa fertilización de sus sustratos tan macabra. Con ayuda eso si, de un último empujón mediático.

 Treinta años después un autor dispuesto a conmocionar el país, y aventuro que no hubo premeditación, publicó un libro el cual catapultó este bosque hasta convertirlo en la fosa común más reputada. Wataru Tsurumi,  culpable de ilustrar en artes
tétricas, tuvo el valor de publicar la obra "El manual Completo del Suicidio", generoso por su parte en instruir las mentes más decadentes e instaurar Aokigahara como lugar insuperable para dejar de existir. En Japón la censura tiene como único objetivo el  pixelar penes y vaginas en el cine adulto, con lo cual este explosivo material está al alcance de cualquier menor de edad con ganas de aprender, salvo en algunas provincias donde se catalogó como peligroso para la salud y se prohibió la venta a menores de 18 años. Sorprendente, ni en eso parece haber acuerdo. 

La joya literaria viene a ser un vademécum explicativo en formas, grados de dolor y aspecto del cadáver post mortem, todo ello expuesto en gráficas y con ilustraciones; un catálogo de muerte que puede producir muchos sentimientos salvo la indiferencia. Hay que decir a su favor que en ningún momento recurre a hacer apología al suicidio, su idea básica era desglosar todas y cada una de las formas de pasar a mejor vida, eso sí, voluntariamente. En su primera edición se vendieron la friolera de un millón de copias, todo un éxito. Supongo que, por el cerebro de este escritor, pasaría fugazmente la responsabilidad moral que tiene encontrarse numerosos casos de adolescentes suicidas, encontrados muertos con el libro entre sus manos. Supongo. Se puede decir incluso que empezaba a rozar la moda en todo este berenjenal, seguidores de un movimiento suicida mezclado de tradiciones mal interpretadas y muchas hormonas juveniles. Pero muchas.

Las intenciones morales de Wataru Tsurumi quedan más explícitas cuando años después publicó una segunda entrega recogiendo todas las cartas de la gente que lo odiaba. Es todo tan siniestro y a la par tan sorprendente que sería digno de estudio sociológico. No conozco otro caso de una aberración tal sobre la madre naturaleza, de como parece puramente urdido por un plan con siglos de duración. 

Comenzó todo por azar, por un lugar geográficamente idóneo para abandonar niños y viejos imposibles de sustentar. Filtrando odios y temores por todo el sustrato. Alimentando la musculatura de un bosque preparado para estrangular, madurado en un mar de árboles sediento de vidas que el feudalismo suministró religiosamente. Cuando parecía sucumbir empezó a cobijar al suicida, un comedor regular que aseguraría de por vida su sustento. Fue transformando su entorno decorando sus lechos con los restos de los
desesperados colaboradores, empeñados en atestar este tanatorio naturista. Es eso que dicen de "la muerte trae más muerte".




El estado japonés puso como medida disuasoria algunos carteles a las entradas del bosque alentando poéticamente a la vida. Con unos textos profundos que dicen así: " Tu vida es valiosa y te ha sido otorgada por tus padres. Piensa en ellos, en tus hermanos e hijos. Por favor, no sufras solo y pide consejo"... entre otras alegorías narrativas. Al principio se informaba del número de víctimas a través de los medios de comunicación; con el tiempo y viendo que se podía ir de madre, dejaron de hacerlo. Fue apareciendo esa picardía de ocultar lo que hace vulnerable a una nación. A nadie le gustaría que pregonaran a los cuatro vientos lo propensos a la depresión y al suicidio que son como sociedad, y un centro de ocio y muerte como Aokigahara no ayuda en absoluto. 

A grandes rasgos se percibe sutilmente una vergüenza consentida por parte del pueblo nipón, en su haber hay muchísimos voluntarios dedicados a buscar a los que se adentran en el bosque con la intención de suicidarse. Un gabinete psicológico gratuito y ambulante. Por parte del estado, que parece tener remordimientos, hay una cuadrilla de personas encargadas de batir el bosque y retirar los cuerpos sin conseguir dar a basto.



Las cifras del ranking registran una media de cien cadáveres al año, ocupando el segundo puesto del lugar con más cadáveres a su espalda, ganando y no por mucho el puente del Golden Gate. Aunque suene incorrecto no me viene otra palabra que no sea extraordinario.

Que despliegue, que sentir colectivo entrenado como un protocolo real. Qué forma más delicada de convivir con sus propios demonios. En cualquier país europeo se hubiese fumigado con NAPALM todo el bosque y a otra cosa; es como si fuesen estrictamente morales y consecuentes con lo que supondría cortar de raíz el problema. Lleva demasiado tiempo formando parte de ellos y conviven con su presencia desde hace siglos. Personalmente, siempre han llamado mi atención como civilización y como cultura; su capacidad de respetar y convivir es digna de elogiar. El amor de su tradición los hace especiales. Si hay un libro que para mi refleje a la sociedad japonesa referente al suicidio es "Tokio Blues" de Haruki Murakami. Te acerca lo suficiente al interior de sus vidas como para entender mínimamente el peso que tiene este suceso impuro en su cultura. 

Son la incubadora del progreso, con paso militar y tradición de cuna. Un proyecto de extremos nivelado de tal forma que parece imposible de repetir. Todo ello desplegado por una red invisible de sentimiento dirigida por un reino de acero y cristal, la futurista Tokio. Apadrinados por su icono más paternal, el monte Fuji, se mezclan rascacielos y templos intentando prosperar ese equilibrio. Cobijando una sociedad convulsa, híper estimulada y aleccionada en preservar el resto de su territorio como si fuera de origen. Por encima de todo domina su cultura social tan jerarquizada sumada a su educación tan estricta, creando una atmósfera que estrangula sus vidas, militarizadas, en parte por necesidad debido a su superpoblación y en parte por contagio público. Hay una interpretación colectiva basada en evitar cualquier enfrentamiento e intentar ocultar sus tristezas o problemas. Viven día a día acorazados para protegerse de un orden frenético carente de sinceridad, volviéndolos solitarios y débiles.

Por eso Aokigahara tiene ese ying-yang, esa doble cara que muestra un paraje mágico y a su vez una tragedia constante. Un Japón creador de un monumento vivo que no quiere que sea visitado. Una estampa armónica de flora hermosa,  abundante, con una vista panorámica a las faldas del monte Fuji tremendamente idílica. Con un secreto en su corazón difícil de tragar labrado por un terreno volcánico muy fértil.  Con numerosos yacimientos de hierro culpables del mal funcionamiento de brújulas, GPS y demás aparatos electrónicos, para ponerlo fácil, e inadecuado para edificar dándole intimidad en kilómetros.





Intimidad necesaria para el último aliento; proporcionada por un mar de árboles sobrealimentados de almas atrapadas en su dolor. Infectados en sus cortezas de amargura, de llantos. Pudriendo sus suelos con restos de vidas, necias, inmortalizadas de atrezo natural como si se tratara de un museo de los horrores.  Un plan visual apocalíptico que empuja al abandono, que aclara tus dudas sobre el valor de terminar con todo. Que desgarra tu corazón secuestrando tus pesadillas y tu dolor para escupírtelas en la cara. Que suplica entre susurros que lo hagas…



                

·                                                                                                  Si la tenia os pica por dentro y quereis saber mas, hay algo de información  disgregada por la red. Sin competencia el mas interesante es un documental que posee el ojo que todo lo graba (youtube, vimeo,…) que no tiene desperdicio. AOKIGAHARA será suficiente para buscarlos. Cuidado los aprensivos.